“Tuve tantas peleas que pensé que iba a ser boxeador”: Miguel Borja

“Tuve tantas peleas que pensé que iba a ser boxeador”: Miguel Borja

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El barrio Escolar en el municipio de Tierralta, Córdoba, fue recordado por mucho tiempo por una masacre paramilitar ocurrida el 25 de octubre de 1990, en donde murieron diez personas. Fue un momento tenso en la historia de Colombia, lleno de violencia, pero hoy, los territorios quieren dejar atrás ese pasado y el deporte termina convirtiéndose en una gran vía.

Justamente, en ese mismo barrio, tres años después, nació Miguel Ángel Borja, quien desde muy pequeño mostró su pasión por los deportes, aunque sin definir en el que tenía más talento. Practicó muchos de ellos, hasta que descubrió que en sus piernas estaba una habilidad innata para patear balones.

“Tú sabes que cuando uno está ‘pelado’ (joven), uno empieza a probar cuál es el deporte. Yo sabía cuál era desde muy chico, pero un vecino era pelotero, profesor de béisbol, y me fui con él y practiqué béisbol y no me gustó porque era muy quieto. Un día un amigo que vivía a un par de cuadras me invitó a un ring de boxeo. Me puse los guantes y dije ‘yo grande lo cojo y lo mando a la lona’ y me tiraron a mí (risas). Me quité los guantes y me fui para mi casa. La pelea duró, pero yo estaba era tirando ‘matapuerco’ (golpes sin técnica), donde yo lo cogiera con ese golpe lo tiraba, pero me cogieron y me tiraron y me di cuenta que no era para mí”, dijo Borja, invitado especial a BDC Podcast, que se emite todas las noches de lunes a viernes por nuestro canal de Facebook.

Creció entre la humildad y la hermandad que esta genera. Las polvorientas y destapadas calles del barrio Escolar lo vieron forjarse como un niño más, que pasaba sus primeros años entre las travesuras, pero con el deseo de querer un futuro mejor.

“Yo soñaba con ayudar a mi familia. Mi madre siempre me apoyó en todos los deportes, mi papá se ponía bravo y no le gustaba que yo saliera a jugar. Siempre que tenía la oportunidad le decía a mi mamá que le iba a arreglar la casa porque cuando llovía había que poner poncheras en todos lados y se iba la luz”, comentó.

Ratificó que el balompié era su deporte favorito y que estar cerca del área era su hábitat natural, aunque en ocasiones lo intentó de arquero. Estuvo en el equipo de su barrio en Tierralta disputando campeonatos, sin embargo, su temperamento, ese del que hoy no queda ni rastro, muchas veces le impidió demostrar su potencia goleadora.

“Yo desde pequeño siempre luché contra mi carácter, siempre tuve carácter fuerte y en mi pueblo tuve muchas peleas, por eso siempre pensé que iba a ser boxeador. Pero cuando uno entra a la cancha uno sabe que debe defender unos colores. Como se dice en la Costa, hay que defender la papita y la yuquita. Pero lo valiente del ser humano es reconocer que se equivocó y pedir perdón. Yo he cambiado demasiado, porque antes me expulsaban a cada rato, cuando jugaba en el pueblo me expulsaban. Es normal que pase, porque la sangre saca dientes”, manifestó.

Sus ganas de progresar lo llevaron a marcharse de Tierralta a sus 12 años, aunque el camino fue más duro de lo que se imaginó, por lo que debió regresar a su municipio natal en varias ocasiones. “Ya en el pueblo me tenían de sodita con eso”, recordó.

Pasaron los años y Borja llegó a Cúcuta Deportivo, en 2011, club con el que debutó en el fútbol profesional, pero en el que no tuvo fortuna. Con solo 18 años, también probó suerte en Independiente Medellín, Deportivo Cali y América, pero en todos fue rechazado, por lo que terminó en una escuela de formación en Cartagena.

Su futuro deportivo parecía diluirse y las necesidades económicas lo aquejaban, por lo que Borja decidió ir a Cali, donde trabajó en una ferretería, pero sin dejar a un lado el sueño de pisar un estadio lleno de gente que clamara su nombre.

“En Cali trabajaba en una ferretería y lo alternaba con el fútbol. A mí me gustaba todo, menos quedarme en la ferretería. Yo cogía los bloques, las varillas, el eternit, los cogía y los subía al camión y me iba a hacer domicilios. No me gustaba atender. Yo lo hacía con mucho cariño por esa familia. Me encontré a una persona que me apoyó para que solo pensara en fútbol, salí goleador del torneo del Valle a los 17 años, que es un torneo difícil”, detalló.

Encontró la luz al final del túnel en 2012, cuando se puso la camiseta de Cortuluá y tuvo participación con las divisiones menores de la Selección Colombia. Sus oraciones fueron escuchadas y Borja entraba a una puerta que hasta entonces se mantuvo cerrada.

“Tenía 20 años y venía de jugar el Mundial en Turquía. En Italia me tenían visto desde el torneo Esperanzas de Toulon. Llegué al Cortuluá y me decían que me querían de Italia, pero yo decía que eso estaba muy lejos, porque yo quería jugar era en primera división y me cumplieron y fui a La Equidad. En los dos primeros partidos hice cuatro goles y me llevaron a préstamo (a Livorno). En Italia no fue fácil, jugué seis o siete partidos, pero de a ratico”, rememoró.

Los altibajos siguieron, hasta que regresó a Cortuluá en 2016 y fue el goleador de la Liga y de la Copa Colombia. Pasó a Nacional y fue el artillero de la Libertadores: 39 goles en un mismo año.

“Hay goles importantes como el de la final de la Libertadores, pero hay goles bonitos como el de Curitiba en la semifinal en Medellín (volea) y hay algunos que no se borran de los corazones, como el primer gol que hice con la Selección. Saqué un letrero que decía ‘No soy yo, es la gloria de Dios en mí’ y eso le dio la vuelta al mundo y se me eriza la piel al ver que ahora hay futbolistas que usan mucho ese lema. Dios no miente”, expresó.

Todo esto, y ser también uno de los goleadores cuando inició en el Palmeiras de Brasil, lo llevaron al Mundial de Rusia 2018, en donde vivió una anécdota curiosa.

“Recuerdo que nos concentramos en Milán. Yo soy apasionado por la caza de venado, uno se llena de adrenalina. Cuando estaba chico me gustaba cazar conejos y en la sede del Milán había una cantidad de conejos en la cancha. Una vez, terminando de entrenar, vi a un conejo y le tiré el bolso y le pegué, (Juan Guillermo) Cuadrado lo perseguía por un lado y yo por el otro, pero no lo podíamos coger, hasta que nos regañó el que cuidaba la cancha”, señaló.

Hoy, el presente de Miguel Borja es el Junior, club que tiró la casa por la ventana para contratarlo. Incluso, el alcalde de Barranquilla metió la mano para ello y lo fue a buscar hasta Tierralta en su avión privado. Sin embargo, esa estrella del deporte, esa que desborda rivales con su potencia y vence a los arqueros con latigazos, no olvida sus orígenes.

“Me gusta ser realista cuando hablo porque uno debe ser testimonio. Cuando era chico me gustaba estar fuera de mi casa, estar sin zapatos. En ese tiempo pateaba una piedra y no me dolía, ahora pateo una botella plástica y me duele todo. Yo pasaba en la esquina de mi casa. Mi casa fue una de las primeras que tuvo televisor y llegaban todos mis amigos hasta que llegaba mi papá y echaba a todo el mundo porque había mucha gente. Es un barrio tranquilo y principal. Se me vienen recuerdos muy buenos en los que uno hizo travesuras. La Policía nos correteaba y nos escondíamos al frente de mi casa, que había paja ahí y nos metíamos”, narró.

Y hablar de sus orígenes también es recordar cuando practicó deportes como el béisbol y el boxeo, actividades en las que aún mantiene interés. Fiel a su departamento de Córdoba escogió a ‘Happy’ Lora como su boxeador favorito, seguido del filipino Manny Pacquiao. “Me gusta porque se mueve, tira más puños, mientras Mayweather es como puro visaje (risas)”.

Hoy también centra su atención en Óscar Negrete, campeón norteamericano de boxeo y quien nació en su mismo municipio.

“Lo conozco al paisano. No desde chico, porque el barrio de él era retirado del mío, era a la salida de Tierralta. Tengo acercamiento con él, lo veo mucho por internet y siempre que va a pelear estoy pendiente. A veces es difícil porque no televisan las peleas, pero una vez la televisaron en Brasil y yo no lo podía creer”, cerró.

Uno de los deseos de Borja es viajar a Estados Unidos a presenciar una de las peleas de Negrete.

Por: Jeffry Almarales Nieto